viernes, 12 de noviembre de 2010

Quality


Tenía el pelo corto y algo desaliñado. Estaba sentada en unas escaleras de piedra con la cabeza metida entre las rodillas, con un libro en la mano y viendo pasar hormigas. La lluvia empapaba las páginas, las piedras, los cabellos. Se le fue la sed de todo. Echó a andar unos veinte minutos después, era como un fantasma viviente. 
El destino hizo que sus penetrantes ojos se adentraran en alguien que se cruzaba con ella. Les debió de dar un calambre horrible a ambos, debieron de ver que no valía la pena porque cada uno se metió en sendos comercios, se compraron unos yogures y unos zumos y se fueron para sus correspondientes casas. 
Y aunque no tenga nada que ver, yo siempre le hago guiños así que ¡Viva la gilipollez! ¡Y viva las hormigas que cargan de electricidad las miradas!

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