miércoles, 8 de diciembre de 2010

el sombrero de paja y la lombriz

Yo lo que quiero es una azotea como "domingo astromántico"



En un barrio bajo de alguna ciudad, vivía un sicario de poca monta politoxicómano que la llenaba de vitalidad. Para ella, era mejor que cualquier droga.

Lo cierto, era que hacía meses que ella empezaba a sospechar de sus caricias. Hacían que sus sentimientos se lanzaran contra la pared, rebotaran y salieran por la puerta para ir por el mundo a toda velocidad como torbellinos plateados, con ganas de estamparse en alguna cuneta con nombre de final.
Ambos, habían ensuciado la mesa de la cocina con arruinados pecados. La chiquita lo tuvo que limpiar con una bufanda vieja mientras él la observaba desde el marco de la puerta.
Ella añoraba sus mordiscos sabor manzana, le hacían plasmar sus comportamientos vampíricos cerca de su ombligo. Abrieron el minibar. Destruían juntos y revueltos el más verídico de los paradigmas.
-          Enciérrate conmigo sin límite de horas, toda la cuarta dimensión.
Era o eso, o dejarlo todo e ir al cine o hacer un picnic. Se escaparon de los disfraces juntos, daba igual a donde fueran.
-                     Yo puedo reparar tus daños si me dejas.
Ensucia y no limpies, se vio en la obligación de comportarse como una impertinente porque siguieron dejando notitas en la nevera con un imán. Cuánta madurez, pensó. Cuánta valentía. Tanto buen karma no le dejaba ver el horizonte. Entonces llegó a la conclusión:
-                 Y como un perro ve la vida en blanco y negro y tú y yo a todo color, es posible que sea buena idea aprovecharlo. Pintemos las paredes de rojo chillón. 

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