Era hora de que dejara volar su mente enfermiza. Era domingo. Llovía, del mismo modo en que llovía en todos los funerales que recordaba. En la sala contigua se oían llantos. Un panadero que no llegaba a los sesenta años había fallecido la noche anterior mientras preparaba el pan para esa mañana a la que no llegaría con vida.
Las paredes eran negras e igual de sugerentes eran los cuadros que allí colgaban. Como metáforas del más allá. La japonesa colgó su abrigo en uno de los percheros con forma fálica. Pobre demente. Su subconsciente se activó. No sabía si lo vivía o lo soñaba. Se sentó en un sofá a hacer unos crucigramas y acto seguido le entraron ganas de masturbarse. Regalaban agua y subió unas escaleras para pedir la que le correspondía. Era todo tan absurdo como necesario y tan necesario como natural. Entonces se metió en un cuarto donde la brisa hacía bailar levemente unas cortinas y se tocó un ratito. Algo había que diagnosticarle. Puta japonesa, que inoportunidad innata.
¿Y pastillas para la vergüenza ajena no hay?

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