Situémonos en un restaurante con las paredes granates, neveras colgadas del techo y fotografías de un famoso guitarrista enmarcadas en las paredes. Los camareros iban con pantalones cortos y se paseaban delicados con pajaritas de rallas amarillas. Parecían sacados de un salón de teatro que había visto alguna vez en un barrio de Tang. Había culebras en una pecera lo cual no parecía intranquilizar a los clientes habituales que comían rábanos y nabos tranquilos en sus sillas. Después de servir sendos platos de croquetas a una pareja, en la mesa, tuvo lugar la siguiente conversación, en la cual participaban un camarero, una mujer morena de hermosos rasgos y un joven hombre con una camiseta blanca y vieja.
-¡Disculpe!
...
-¡Disculpe camarero!
El camarero da un rodeo por las mesas, mira para un lado y para el otro y detiene la mirada en el jovencito, asiente y se dirige hacia allí.
-Sí caballero. ¿Que desea?
-Mi acompañante tiene más croquetas en su plato que yo en el mío... ¿Se debe esto a alguna razón de fuerza mayor? ¿Son quizá sus tetas? ¿Su larga melena desaliñada? ¿O es que no le gustan los hombres rubios? ¿Le cae ella especialmente mejor que yo?
-No señor... No... No...
-Déjalo tranquilo, no seas así.
-Claro como a ti te ha puesto de más. Lo normal es que a las mujercitas se le ponga menos comida, eso ha sido así de siempre y no es un comentario machista en absoluto...
-Lo siento, no pretendía realmente ofender a nadie. No hacemos un reparto equitativo de croquetas...
Un ruido de fondo rompió la conversación, una máquina expendedora de tangas de caramelo echaba humo. Se había averiado.
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