viernes, 15 de junio de 2012

Capítulos de trasluz

Pongo una vela con olor a vainilla. Oigo gritos, pero no los escucho.
La alegría de la ignorancia invisible. El dulce susurro de la inspiración
cuesta 2,90 de un viaje en autobús. El parpadear de la luz de la vela.
Lo peliagudo de un aterciopelado quizás. No saber decir que no. 
Perdonar, agradecer. Admirar a unos pocos genios, querer a menos personas.
Pensar que nada vale la pena en este oscuro frenesí vital. 
Todo eso yo.
Todo eso mí.
Todo tú, conmigo.




Ver como se esfuma el "nosotros",
se difuminan en el aire los temas de que hablar.
Cada vez son más distantes,
más borrosos. 
Y ellos no lo saben pero siguen amándose como aquella vez, 
aunque ahora sean sólo auténticos desconocidos. 



Porque las primeras veces son únicas y nunca vuelven, crueles como el destino, se hacen notar y se escabullen despavoridas por lo efímero del todo. Entonces yo, disfruto de los pequeños placeres.




Hacernos precipicios que colapsen los troncos.
Perder el control de la cuarta dimensión que pasa veloz e irreal, como un sueño. 
Monopolizarnos los placeres, monopolizar te. Que no me sueltes y no soltarte.


En serio se fue corriendo. 


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