En un cielo de algún rincón del infinito, dónde no habita nadie y late un desierto aniquilado por la felicidad que golpeó al dolor hasta mitigarlo.
Ahí, justo ahí, vive tu presencia milagrosa hecha por el azar y no por un ser superior.
Su sonrisa deshoja las flores más enterradas y sonsaca los secretos de un destino incierto. Responde cada pregunta como una llave mágica y pisa dudas con sus zapatos viejos.
Me gusta hablar de ella porque recuerdo cuánto me cautivó la historia que me contó entusiasmada de aquella bola rosada con la cual podía viajar en el tiempo de las dimensiones, tanto la real como la farsante. Y lo afrontó de un modo curioso cuando se aburrió de ella, la escondió y ahora no se acuerda del lugar.
En un cielo deshabitado puede encontrarse el gozoso sentimiento de verse fuera de uno mismo, y esa forma de sentirse extraño espectador, atraviesa el muro de la magnífica sensación.
No habría que darle muchas vueltas porque sé que es un lugar donde puede pasar todo y si me equivoco tampoco voy a arrepentirme. Me mudo allí con ella, con tu existencia, para ser azules y brillantes.
Asumo que ahí no me hace falta nada, pero esta tarde hago las maletas.
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