Desde que nos roban la libertad
cuando nacemos sin ser llamados, mientras crecemos en la cultura y sociedad
pertinentes. Y hasta que abres esos ojos mal educados y te das cuenta de que
comercializan con todos los bienes naturales, joder ostia, NATURALES. Ni míos,
ni tuyos, sino nuestros, de todos, de la na-tu-ra-le-za. Siempre he querido
marcharme desde entonces… Buscar la respuesta. Sé cuál es, pero no sé dónde
está. Decidí que ese día tiene que ser hoy, hoy o mañana, pero cuanto antes. No
se debe perder el tiempo.
Me desperté sobresaltada, pues
una pesadilla en la que me vi ardiendo en una isla, me deslizó los dedos sobre
los ojos para abrirlos deprisa. Pensé que no tenía oro, pero me levanté
decidida a buscar la manera de robar un poco, venderlo e irme lejos, no
necesariamente en ese orden, aunque la situación así lo requería.
La primera noche la pasé en la
calle y me sentí bastante sola. La siguiente en un hostal y no conseguí
sentirme menos sola, aunque sabía que alejarse de todo era lo correcto.
Y por fin, por la calle, me volví
a encontrar con ese talentoso muchacho que tocaba el arpa como un mismísimo
dios. Entablamos conversación y nos fuimos a comer algo barato, las monedas que
teníamos, acordamos que no llegaban para una mariscada. No se podía.
-
Me pareces conocida – me dijo mientras masticaba
aquel pobre y mísero bocado.
- Puede que me hayas visto otras veces. Mientras tocas
en la hierba, yo te observo tras un muro y quizá tu subconsciente se ha
percatado de mi presencia en algún momento.
-
Puede que sea eso, o puede que seas ella.
-
Pero tú no eres él, ni siquiera un proyecto.
-
Te puedo enseñar muchas cosas.
-
¿De tu cuerpo, dices?
-
Y de mi cuerpo, digo… Pero más cosas.
-
Podrías empezar por no dejarme dormir sola otra
noche. No porque me atraigas sino porque necesito la compañía, o al menos
necesito probar si podría ser de calidad. Aunque me estaba yendo de nuevo.
-
Lo bonito de no estar atado a ningún lugar, la
verdadera libertad.
-
¿Ser nómadas?
-
Sí, tú y tu soledad.
-
Me gustaría que pudiésemos, a partir de ahora,
encontrar la comprensión y el placer.
-
¿Placer? Sólo el que te daba él. No conoces
otro.
-
Deja de hablar como si me conocieras.
-
Todos debemos crecer un poco, a pesar de pasarlo
como niños, abrir siempre más los ojos.
-
Dije que me iba y me voy.
Él la sigue.
Esa noche ninguno duerme solo y
por una vez nada importa. Y por una vez le ven la cara pálida y triste a la
libertad edificada con hipócritas esperanzas.
Pocas veces puede vérsela.
Pocas veces es mostrada.
Nos la esconden día tras día,
todas las palabras.
