miércoles, 15 de enero de 2014

El día que me voy

Desde que nos roban la libertad cuando nacemos sin ser llamados, mientras crecemos en la cultura y sociedad pertinentes. Y hasta que abres esos ojos mal educados y te das cuenta de que comercializan con todos los bienes naturales, joder ostia, NATURALES. Ni míos, ni tuyos, sino nuestros, de todos, de la na-tu-ra-le-za. Siempre he querido marcharme desde entonces… Buscar la respuesta. Sé cuál es, pero no sé dónde está. Decidí que ese día tiene que ser hoy, hoy o mañana, pero cuanto antes. No se debe perder el tiempo.
Me desperté sobresaltada, pues una pesadilla en la que me vi ardiendo en una isla, me deslizó los dedos sobre los ojos para abrirlos deprisa. Pensé que no tenía oro, pero me levanté decidida a buscar la manera de robar un poco, venderlo e irme lejos, no necesariamente en ese orden, aunque la situación así lo requería.
La primera noche la pasé en la calle y me sentí bastante sola. La siguiente en un hostal y no conseguí sentirme menos sola, aunque sabía que alejarse de todo era lo correcto.
Y por fin, por la calle, me volví a encontrar con ese talentoso muchacho que tocaba el arpa como un mismísimo dios. Entablamos conversación y nos fuimos a comer algo barato, las monedas que teníamos, acordamos que no llegaban para una mariscada. No se podía.
-          Me pareces conocida – me dijo mientras masticaba aquel pobre y mísero bocado.
-      Puede que me hayas visto otras veces. Mientras tocas en la hierba, yo te observo tras un muro y quizá tu subconsciente se ha percatado de mi presencia en algún momento.
-          Puede que sea eso, o puede que seas ella.
-          Pero tú no eres él, ni siquiera un proyecto.
-          Te puedo enseñar muchas cosas.
-          ¿De tu cuerpo, dices?
-          Y de mi cuerpo, digo… Pero más cosas.
-          Podrías empezar por no dejarme dormir sola otra noche. No porque me atraigas sino porque necesito la compañía, o al menos necesito probar si podría ser de calidad. Aunque me estaba yendo de nuevo.
-          Lo bonito de no estar atado a ningún lugar, la verdadera libertad.
-          ¿Ser nómadas?
-          Sí, tú y tu soledad.
-          Me gustaría que pudiésemos, a partir de ahora, encontrar la comprensión y el placer.
-          ¿Placer? Sólo el que te daba él. No conoces otro.
-          Deja de hablar como si me conocieras.
-          Todos debemos crecer un poco, a pesar de pasarlo como niños, abrir siempre más los ojos.
-          Dije que me iba y me voy.

Él la sigue.
Esa noche ninguno duerme solo y por una vez nada importa. Y por una vez le ven la cara pálida y triste a la libertad edificada con hipócritas esperanzas.
Pocas veces puede vérsela.
Pocas veces es mostrada.
Nos la esconden día tras día, todas las palabras.  

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